Nuclear, ¿la energía que vuelve?
El cambio climático, el agotamiento de las reservas de petróleo y la creciente demanda de energía son tres factores que nos abocan a una crisis que hay que abordan con urgencia. En este sentido la Comisión Europea el pasado 12 de enero planteó pautas de actuación en las que contempla el uso de la energía nuclear. La Agencia Internacional de la Energía estima que hasta el año 2030 la demanda crecerá casi un 60% y que se doblará el consumo de electricidad. Si esa demanda se cubre con combustibles fósiles como petróleo, gas natural o carbón, se aumentarán en un 62% los niveles de emisión de CO2. La cuestión es qué energía podrá utilizarse para satisfacer la demanda sin dañar más el medioambiente. Son muchos los países que buscan fuentes de energía que no les haga depender de países tan inestables como los del Golfo Pérsico y otros. La reciente bronca entre Rusia y Bielorrusia ha interrumpido el suministro de petróleo a una parte de Europa. No es la primera vez que sucede y no será la última. El incidente es síntoma de la debilidad de la seguridad energética europea.
Ha vuelto la energía nuclear a los foros de debate, pero esta vez lo hace con argumentos de ecologistas de prestigio. Así, James Lovelok dice que el calentamiento de la tierra debido a los gases invernadero es peor que el hipotético riesgo de accidente nuclear, y que es urgente dejar de quemar combustibles fósiles porque la tierra no lo puede soportar. Por su parte, el premio Nobel de la Paz 2005, Mohamed el Baradei, dijo que el declive nuclear, provocado por el accidente de Chernóbil, sería pasajero y que la energía nuclear puede ser una alternativa a los combustibles fósiles; por eso, la concesión del premio, dejó al movimiento ecologista antinuclear un sabor amargo.
Las compañías eléctricas españolas no sólo no contemplan la hipótesis de un cierre próximo sino que invierten en centrales que ya tienen entre 25 y 35 años de vida operativa, con el convencimiento de que llegado el momento, el Gobierno autorizará prórrogas que les permitan a las centrales llegar a los 60 años de vida, como sugiere el Foro Nuclear Español. Y eso a pesar del compromiso del Gobierno Zapatero de sustituir gradualmente y en un periodo máximo de 20 años la energía nuclear por otras más limpias, más seguras y menos costosas.
Estados Unidos ya ha decidido prorrogar la vida operativa de las centrales y autorizar nuevas plantas. En Finlandia se está construyendo una nueva central, en Francia hacen lo propio y en Alemania se revisará el programa de cierre de las nucleares pactado entre el anterior gobierno y el sector eléctrico. La mayoría de los problemas que conllevan las nucleares siguen actualmente sin resolverse desde el punto de vista de la tecnología. Se investiga para que las nucleares tengan más mecanismos de seguridad y que éstos no dependan del factor humano. En Chernóbil se fundió el núcleo y hubo radiación. Nadie discute que el accidente de Chernóbil tuvo efectos devastadores porque a una tecnología deficiente se sumó el factor humano en una actuación desastrosa, pero el factor humano existe y hay que contar con él y contar con accidentes que puedan ocurrir.
En cuanto a los residuos, el problema sigue sin resolverse y su contaminación se prolonga decenas de miles de años. Es la pesada carga que nuestra generación, derrochadora de energía, transmite a las generaciones futuras. No hay que olvidar, tampoco, que esos residuos pueden utilizarse con fines perversos puesto que la maldad existe. Tampoco hay que obviar que, la energía nuclear es cara y además necesita uranio que es necesario importar. Puede que las nucleares no emitan CO2 que envenena la atmósfera, pero sí emiten residuos radiactivos que envenenan la tierra.
Ante esto, las energías renovables deberían ser una prioridad, aunque los enormes intereses de la energía atómica han impedido el desarrollo de las renovables que son imprescindibles en un modelo energético más sostenible. En Aragón las renovables cubren un 44% y son fundamentalmente hidráulica y eólica. El problema de las renovables es la intermitencia: Un parque eólico, a pleno rendimiento, funciona unas 2.500 horas anuales y una planta solar fotovoltaica unas 3.000 horas. Por lo tanto, hay que potenciar su uso e invertir e investigar al máximo si apostamos por un futuro con mayúsculas.